La iglesia de San Juan Chamula

 

 

 



         Al llegar, el mensaje imperativo:  ¡No sacar fotos! ¡Prohibido! Ni se te ocurra, te pueden multar y retirarte el celular o la cámara, o algo peor…

El sol intenso de esta mañana chiapaneca reverbera en los muros de la iglesia. Impresiona  la fachada blanca, inmaculada, el arco del portal, de fondo verde intenso, con prolijas figuras geométricas en amarillos, blancos, rojos, rosados., todo tan fresco, tan vital, tan de pintura naif, ingenua y espontánea.  Junto al portal de acceso, tras la mesita de madera donde reposa un vaso y una  botella de Coca, el señor de sombrero cobra las entradas y habilita el paso al interior del templo.  Llego formando parte de un pequeño contingente, ya he pagado la entrada, incluída en el valor del tur, así que sólo miro al señor, que me ignora, y paso.

Hasta que las pupilas se acomodan a la falta de luz, todo es oscuridad, y el olfato primerea: humo, velas, alcohol, bosque.   Bajo el peso de mis pasos, algo crepita, cruje:   Todo el piso cubierto de pinocha –juncia, dicen los locales- tal como se hace en algunas procesiones en España.

Miles y miles de velas encendidas a ambos lados, en recipientes de vidrio sobre largas mesas de madera oscura iluminan el asombro, el desconcierto, intimidan. Algo en mi interior, algo que no asoma, me pregunta dónde estás, qué es esto, ¿no estamos acaso en una iglesia?

El amplio espacio sin bancas ni asientos está flanqueado, junto a las paredes, por rotundos escaparates vidriados con la imagen de santos diversos, con espejo a sus espaldas.  Con cierta aprensión, temor, avanzo entre las personas que ocupan la nave: mujeres con sus niños pequeños a la espalda o en brazos, acuclilladas, musitan en su lengua maya, hombres de vestimenta sencilla y rústica dialogan quedos, asoma la botella de aguardiente, el pox de maíz escanciado en los vasos que, sin ceremonia ni gesto alguno son rápidamente bebidos, sólo por los hombres.

En mitad de la nave varios hombres sentados portan sus instrumentos: arpas, acordeones, bombos, una guitarra. Están en silencio, quisiera escuchar su música antes de que deba retirarme.

La atmósfera es espesa, opresiva, turbia.  Los rayos de luz que entran por unos ventanucos superiores llegan tenues, pálidos, tras atravesar la humareda que asciende allá al fondo, dispersando aromas arbóreos. Mi memoria piensa en palo santo, incienso, entrevero de fragancias rituales.  Sabré después que es el humo del copal, palabra que nombra tanto a la resina como al árbol que la produce.  Esta ahumadera busca ahuyentar malas energías, purificar, entregar una ofrenda, contenida en cuencos que estos cuatro hombres elevan respetuosamente.  Sus vestimentas los diferencian de los demás, son los mayordomos, indígenas tzotziles encargados de las ceremonias, los rituales, las festividades religiosas.

Al tiempo que me voy situando en este ambiente extraño, avanzo  entre hombres, mujeres y niños que participan de estos rituales, nadie me mira, pareciera que nadie me ve,  me siento invisible ante los ojos de estos seres.   Sin casi advertirlo, mi mano aferra la cámara, tantas imágenes valiosas podrían registrarse…  Una  buena foto bien podría valer  una multa,  pero y si es algo peor…

Ahora un pequeño grupo de mujeres, sentadas sobre la hojarasca de pino participa de un ritual de sanación:  la gallina, símbolo de fertilidad, es rociada con el pox y luego la mujer mayor la mueve en círculos frente a la joven destinataria de este ritual. Observo alucinado esta pequeña ceremonia que ocurre en un rincón del templo. Mi ojo fotográfico analiza la escena: La luz de los centenares de velas cercanas genera unos claroscuros atrapantes, los cuerpos cubiertos con los huipiles, las cabezas bajo los pañuelos multicolores, la gallina sacudiendo su cabeza y dispersando miles de gotas de pox…   ¿Cómo no registrar esta escena? Nadie me ve. Me sigo internando en el templo.

Ya está: Ese mayordomo de vestimenta blanca, con su sombrero de paja con cintas de colores, su cuenco de copal ahumante,  la luz dorada de los ventanucos,  el humo, luces y sombras en perfecto equilibrio, su figura destacada sobre un  fondo oscuro y difuso…

¡Fotaza!

Me ufano de mi logro, sigo mi recorrido, me escurro  entre cada hueco que dejan los cuerpos de hombres, mujeres y niñas, niños, de esta comunidad tzotzil, mientras recuerdo mi lectura de anoche en el hotel:  Mitos y leyendas de Chiapas, viejas creencias que al borde del olvido, seguramente se reflotan para impresionar turistas.  San Pascualito Rey, por ejemplo, con su carreta chirriante que recojerá a los sentenciados, próximos difuntos, o el Sombrerón,   un hombre alto con un traje elegante, botas, cinturón y espuelas de plata y un sombrero negro que le oculta la cara.  Cuando se le aparece a una persona la inmoviliza para que ésta no pueda escapar; sus víctimas sienten una angustia terrible.

 ¡Un hombre alto, traje elegante, botas, sombrero negro!… Como aquél, junto a la imagen de San Pascual, que requintando su sombrero me mira…  Trato de retirar mi mano de la cámara, en ineficaz gesto de evasión, de disimulo, pero cámara y mano se van sintiendo como un solo cuerpo ardiente, la mirada del Sombrerón me penetra.

Concluída la ceremonia en el templo, los músicos enfilan hacia la entrada, ahora sí ejecutando sus instrumentos en una melodía lastimera, repetitiva, que es una letanía agónica.  Detrás van los mayordomos con sus cuencos aún humeantes, las mujeres,  los niños, los últimos turistas...

Mientras el vacío colma la nave,  la mirada del Sombrerón me mantiene inmóvil, rígido, ajeno a mi mismo y al entorno.

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